Desde diciembre de 2018 hasta agosto de 2026 murieron mil 190 ejemplares de ballena gris por baja condición corporal, dentro del llamado Evento de Mortalidad Inusual. Para entender esa crisis, dos científicos mexicanos viajaron al Ártico a estudiar las zonas donde se alimenta la especie.
Lorena Viloria Gómora y Sergio Martínez Aguilar, del Programa de Investigación de Mamíferos Marinos (PRIMMA) de la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), navegaron del 22 de julio al 7 de agosto. Lo hicieron a bordo del velero Diablesse, desde Nome hasta Kaktovik, en Alaska.
Durante la travesía, los investigadores documentaron dos avistamientos de ballena gris cerca de los mares de Chukchi y Beaufort. En el primero, observaron a un grupo de siete ejemplares que se alimentaban frente a la embarcación.
La ballena gris suma mil 190 muertes por bajo peso desde 2018
Además, una de esas ballenas coincidió con el catálogo de fotoidentificación de Laguna San Ignacio, en Baja California Sur. “Una de estas ballenas fue vista en 2024 en San Ignacio”, relató Viloria Gómora.
En el segundo avistamiento, encontraron a una ballena gris solitaria y sin registros previos. Ahí, los científicos recolectaron pequeños crustáceos que forman parte de su dieta para analizarlos en laboratorio.
Por otra parte, la natalidad de la especie también cayó. En la temporada 2025-2026 solo se registraron 85 crías en México.
Investigadores de la UABCS navegan de Nome a Kaktovik, en Alaska
De acuerdo con los investigadores, el cambio climático retrasa el deshielo en el Ártico. Por ello, las ballenas llegan tarde a sus zonas tradicionales de alimentación y comen poco antes de regresar al sur.
“Probablemente hay ballenas que incluso deciden no esperarse a que abra el hielo, y comienzan a bajar sin haber comido”, explicó Viloria Gómora.
Asimismo, la reducción del hielo marino disminuye las microalgas de las que dependen el krill y otros crustáceos. En consecuencia, escasea el alimento de la ballena gris y aumenta la desnutrición.
Mientras tanto, la investigadora reconoció que existe poca investigación en las zonas árticas de alimentación por su lejanía. Finalmente, consideró necesario volver para monitorear y catalogar a más ejemplares.







